Cómo elegir a la persona adecuada para que te aconseje sobre tu negocio
Para elegir bien a quien te aconseja sobre tu negocio, fíjate en tres cosas: que haya recorrido de verdad el camino que tú estás recorriendo, que no tenga interés en que decidas una cosa u otra, y que esté dispuesto a decirte lo que no quieres oír. Quien cumple las tres te hace pensar mejor. Quien falla en alguna, por bienintencionado que sea, te puede costar caro.
El consejo no es un bien homogéneo. La misma frase, dicha por dos personas distintas, puede ser oro o veneno según quién la diga y desde dónde. Por eso la pregunta importante no es "¿qué me aconsejas?", sino, antes que eso, "¿está esta persona en condiciones de aconsejarme sobre esto?". Casi nadie se la hace, y ahí empiezan muchos errores.
Qué hace bueno a un consejero para tu negocio
Un buen consejero es alguien que ha enfrentado decisiones parecidas a las tuyas, no tiene nada que ganar con tu elección concreta y te dice la verdad aunque incomode. Las tres condiciones a la vez. Si falta una, el consejo se contamina, aunque la persona sea brillante y te quiera bien.
La primera condición es experiencia relevante. No vale cualquier experiencia, vale la que se parece a tu problema. Alguien que ha construido un negocio como el tuyo ve cosas que tú no ves, porque ya las vivió. La segunda es ausencia de conflicto de interés: quien gana algo con que decidas en una dirección no puede aconsejarte sobre esa dirección, por honesto que sea, porque su mirada está sesgada sin que él mismo lo note. La tercera es franqueza, la disposición a contradecirte.
Te voy a ser sincero: la mayoría de la gente busca consejo donde es cómodo, no donde es útil. Pregunta a quien tiene cerca, a quien le va a dar la razón, a quien no le va a remover. Y luego se extraña de que las decisiones no mejoren. El consejo cómodo y el consejo bueno casi nunca son la misma persona.
Quién está en condiciones de aconsejarte de verdad
Está en condiciones quien ya pasó por donde tú estás y salió del otro lado. La cercanía emocional no habilita para aconsejar sobre un negocio; el conocimiento del terreno, sí. Querer mucho a alguien no te convierte en buen guía de su camino profesional.
Piensa en subir una montaña que no conoces. No contratas de guía a quien más te aprecia, contratas a quien ya ha hecho esa ruta, sabe dónde está el hielo y por dónde no hay que pasar. Tu negocio es esa montaña. El que te quiere te acompaña en la base y te anima, y eso vale, pero no es quien debe marcarte el paso en la zona difícil.
Esto explica por qué el círculo más próximo, familia y amigos, suele ser el peor sitio para pedir consejo de negocio, aunque sea el primero al que acudimos. No porque no sepan, sino porque su prioridad es que estés a salvo, no que avances. Optimizan tu tranquilidad, no tu progreso, y eso les lleva casi siempre a aconsejar lo conservador, lo que menos te expone.
Quédate con esto: el afecto y el criterio son dos cosas distintas, y no tienen por qué vivir en la misma persona. Necesitas a los que te quieren para muchas cosas. Para decidir el rumbo de tu negocio, necesitas a quien conoce el rumbo.
Cómo distinguir una opinión de un criterio
Una opinión es lo que alguien piensa; un criterio es un juicio fundado en experiencia y razones que se pueden explicar. Todo el mundo tiene opiniones sobre tu negocio. Muy pocos tienen criterio. Saber distinguirlos te ahorra seguir consejos que suenan seguros y no sostienen nada.
El criterio es la capacidad de juzgar bien una situación a partir de principios y de experiencia, no de impulsos ni de modas. Se reconoce porque quien lo tiene puede explicar el porqué de lo que dice, distingue tu caso de otros parecidos y no afirma con la misma rotundidad lo que sabe y lo que supone. La opinión, en cambio, llega entera, segura, sin matices y sin haber preguntado casi nada de tu situación.
Hay una prueba sencilla. Cuando alguien te aconseja, fíjate en cuántas preguntas te hace antes de pronunciarse. El que tiene criterio pregunta, porque sabe que la respuesta correcta depende de detalles que aún no conoce. El que solo opina dispara su consejo de inmediato, igual para ti que para cualquiera. La velocidad de la respuesta delata la profundidad.
Qué señales delatan a un mal consejero
Las señales son claras cuando sabes mirarlas. Un mal consejero, aunque tenga buena intención, suele mostrar alguno de estos rasgos:
- Te da la razón siempre. Si nunca te contradice, no te está aconsejando, te está acompañando. El que jamás te incomoda no te aporta criterio nuevo.
- Aconseja sin preguntar. Suelta su recomendación antes de entender tu situación. El consejo genérico vale para todos, o sea, para nadie.
- Tiene algo que ganar. Si su consejo favorece de algún modo sus intereses, su mirada está condicionada, lo reconozca o no.
- Habla de un terreno que no ha pisado. Opina con seguridad sobre decisiones que nunca ha tomado en su propia piel.
- Te asusta más que te ordena. Te transmite su propio miedo en lugar de ayudarte a pensar con claridad.
Ninguna de estas señales significa que la persona sea mala o que no te aprecie. Significa que no es la persona adecuada para esa decisión concreta. Y confundir el aprecio con la idoneidad es uno de los errores que más caro se pagan en un negocio.
Cuándo conviene pagar por un buen consejo
Conviene pagar cuando la decisión es importante y no tienes alrededor a nadie que reúna las tres condiciones de forma gratuita. Pagar por consejo no es un gasto ni un signo de debilidad, es la forma de garantizar acceso a un criterio que cumple lo que el consejo cercano casi nunca cumple: experiencia relevante, independencia y franqueza.
Hay una ventaja añadida en el consejo que se paga, y poca gente la nombra. Quien cobra por aconsejarte no necesita quedar bien contigo ni cuidar la relación personal, así que puede permitirse decirte lo que un amigo se callaría por no herirte. Esa independencia es justo lo que lo hace valioso. No te dice lo que quieres oír, te dice lo que te conviene saber.
El error es medir ese consejo por lo que cuesta y no por lo que evita. Una sola decisión mal tomada, un cliente equivocado, un precio mal puesto, un año perdido persiguiendo la dirección incorrecta, cuesta mucho más que años de buen acompañamiento. El consejo barato sale caro cuando te lleva a la decisión equivocada.
Rodearte de criterio independiente, y aprender a elegir de quién te fías, es parte de lo que trabajo con quienes acompaño en Evolution, el programa de mentoría de Javier G. Amblar para profesionales con experiencia que quieren convertir su trayectoria en autoridad, mejores clientes e ingresos más estables. Porque decidir bien, casi siempre, empieza por escuchar a quien debe.
Preguntas frecuentes
¿Significa esto que no debo escuchar a mi familia sobre mi negocio?
Significa que debes escucharla para lo que sabe, que es cómo estás tú, no para decidir el rumbo del negocio. Su consejo viene del cariño y tiende a lo seguro. Es valioso para muchas cosas, pero no es criterio profesional sobre tu actividad.
¿Cómo encuentro a alguien que haya recorrido mi camino?
Búscalo entre quienes ya han construido lo que tú estás construyendo, no entre quienes solo teorizan sobre ello. La señal clave es que puedan contarte errores propios concretos, no solo principios generales. Quien ha pisado el terreno habla de tropiezos, no solo de teoría.
¿No es arriesgado fiarme de un consejero externo que apenas me conoce?
Un buen consejero externo dedica tiempo a conocer tu situación antes de pronunciarse, precisamente por eso pregunta tanto. El riesgo no está en que te conozca poco al principio, está en seguir a quien aconseja sin preguntar nada.
¿Qué hago si recibo consejos contradictorios de personas válidas?
Quédate con quien mejor entiende tu caso concreto y mejor explica el porqué de su recomendación. La contradicción suele venir de que cada uno mira una parte. Tu trabajo es ver desde dónde aconseja cada uno y quién conoce de verdad tu terreno.
¿Cuándo sé que un consejo es bueno aunque no me guste?
Casi siempre el buen consejo incomoda, porque te empuja a salir de lo conocido. La incomodidad no es prueba de que sea correcto, pero la comodidad permanente sí suele ser señal de que nadie te está aportando nada nuevo.
¿Vale la inteligencia artificial como fuente de consejo para mi negocio?
Sirve para ordenar ideas y explorar opciones, pero no reúne las tres condiciones de un buen consejero: no ha vivido tu terreno, no se juega nada y no te conoce. La inteligencia artificial ayuda a pensar, no a decidir el rumbo. El criterio sigue siendo humano.
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